La magia de la niñez

Publisher: 
Place: 
Barcelona
Year: 
2004



The fictionalized autobiography Faðir og móðir og dulmagn bernskunnar (1997), translated to Spanish by Enrique Bernandez.



From the book:



Sus hermanos apenas habían dado unos pocos pasos cuando su madre les ordenó entrar, pero les advirtió que no se alejaran mucho de la casa. Hacía buen tiempo y los mayores eran bastante obedientes. Sólo a él le permitieron quedarse dentro. Le pareció extraño, pero no dijo nada porque era obendiente y le tenía mucho apego a su madre. Por ego permaneció mucho rato junto a la ventana, aunque sintió algo extraño en su interior al pasar los ojos por la solitaria mondas laderas de los montes que se elevaban en el interior. Era aún por la mañana temprano. De repente vio a su tío a contraluz. La luz era muy brillante. Se acercaba caminando lentamente desde el otro lado de la cresta, y llegó hasta el prado sin mirar hacia la casa, contra su costumbre. La madre no prestaba atención. Por eso él se apartó de la ventana y se dispuso a correr al encuentro de su tío. Pero, sin duda, su madre lo vigilaba desde algún lugar de la casa.



-No vayas a ningún sitio -dijo, y lo llamó para que fuera junto a ella a la habitación en penumbra.



Lo detuvo a medio camino con un torrente de palabras.



-Quédate ahí -le ordenó después.



Obedeció y ella salió, poniéndose una mano sobre los ojos para mirar hacia los prados. Después volvió a entrar. Así transcurrió la mañana.



A mediodía, el tío volvió a casa cruzando la cresta después de la comida y continuó segando la hierba.



El muchacho tomó un bocado con sus hermanos pero no le dejaron salir como de constumbre. Se inquietó e intemente en guardia. Debía de tener ojos en el cogote, pues dijo con firmeza, sin darse la vuelta:



-¡Estate quieto!



Habló con aquella voz áspera que bastaba para hacerse obedecer. El niño acató su mandoto, pero dirigió sus ojos hacia el prado, y así fue transcurriendo poco a poco aquella larga jornada. La calma, más que la noche, empezó a extender su manto. El sol estaba ya a medio camino en el límpido cielo de poniente, pero brillaba de alguna forma dentro mismo de la tierra. Sus rayos lamían la hierba y la cubrían de un resplandor que transformaba el suelo en verde oro líquido. Al verlo no pudo quedarse quieto y se escabulló afuera para contemplar aquel verdor dorado que se extendía frente a la ventana iluminada en el lado oeste de la casa, y para deslizar las manos por los frescos tallos; era como si estuviera tocando alguna melodía. Su madre se dio cuenta de que se había escapado y lo llamó.



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